2.09.2011

El rompecabezas más grande del mundo.

Tal vez este sea el post más personal que he escrito.  Porque sencillamente voy a hablar de mí.  Quiero explicar algunas cosas, dejar constancia de mis pensamientos en algún remoto disco duro, antes que no pueda ponerlo en palabras.


Breve historia de un ñoño.

Todo comenzó cuando era niño.  No éramos una familia rica, tampoco éramos pobres.  Recuerdo que tomábamos la leche en la escuela, y teníamos zapatos del Paicor (creo que mi madre aún siente vergüenza por ello.  A mí me llena de orgullo).
Padre: artesano, mal negociante (igual que yo).  Madre: ama de casa, con un marcado gusto por la pintura.  Ella nunca viajó mucho, creo que me sobran los dedos de una mano para contar las provincias que conoce.  De cualquier modo, su “conocimiento” era lo que más admiraba.  En casa había (y lo hay hasta ahora) una gran pared tapada de libros, desde el zócalo hasta el techo.  Cientos o quizá miles de libros viejos y amarillentos.  Esa mujer, que había crecido en el campo y tubo que trabajar desde joven; tenía libros de Egipto, de astronomía, de medicina, de historia mundial y argentina, novelas, religiones, atlas de geografía, varias enciclopedias, la colección completa de Borges... todos forrados con simples papeles de colores.
El primer libro que leí fue “Los Mosqueteros” de Alejandro Dumas.  Tenía ocho años.  Lo leí tres veces.

Creerás, ocasional lector, que mi familia no era muy distinta a la de Charles Ingals.  En realidad lo único que faltaba era amor.  No se porqué.  Eran “otras épocas”, y mis padres habían sido educados por personas de “otras épocas” aún más antiguas.  En definitiva, llegué a la adolescencia con una baja autoestima, poca fe en mí, tímido y auto-acomplejado.
Mi único sostén eran los libros.  Y con ellos buscaba el amor que me faltaba.

Fuí el mejor alumno, ocasional abanderado, primer premio en las olimpiadas de matemáticas.  Mi primer ensayo lo escribí a los catorce, y eran veinte hojas escritas en una Olivetti.  En la feria de ciencias, mi trabajo consistía en la Revolución Luterana del siglo XVI.
Era Lisa Simpson.

Había probado las aguas, y tenía la sed del conocimiento.  Como el hambre de Erisicton, mi sed era insaciable.  Leí de todo lo que podía: química, biología, mitología de todas las culturas, historia, física, sociología, psicología, geografía y todo tipo de novelas... entiendo la teoría de la Relatividad de Einstein, leí el Corán y el Bhagavad-gītā, la teoría del Caos de Lorenzo, también a Thomas Malthus.  Arte Gótico y Renacentista, Carl Marx, Nietzsche y Platón, Stephen Hawking y Darwin...  A veces me encuentro en la calle, defendiendo el concepto de la “inteligencia infinita” de Borges; o en un boliche, hablando del Límite de Sucesos de los agujeros negros.
Ostento conocimiento porque no tengo otra cosa.  Es el modo infantil que tengo de tapar mis putas inseguridades.

Pero he aprendido a quererme de este modo.


El rompecabezas.

Imaginemos que compramos el rompecabezas más grande que hemos visto.  Lo sacamos de la caja y vemos que son miles y miles de pequeños pedazos de cartón  Y no hablo del que armaron en Singapur con más de doscientas mil piezas, o el francés que tenía casi dos mil metros cuadrados.  Hablo de uno mucho más grande.
Comenzamos a diseminarlas de modo que entre ellas exista siempre el mismo espacio, y todo esto, con las fichas boca abajo de modo que no podamos verlas.
¿Les parece difícil?.  Imaginemos que para complicar más el asunto, hay una sola regla:  sólo podemos dar vuelta dos fichas, una vez encontremos otras dos fichas que sean compatibles.  Osea, conocer la ubicación de una y su “significado”, nos permite tener dos nuevas posibilidades.
En otras palabras, lo que quiero decir es que cada “respuesta” nos generas nuevas “preguntas”, así es la búsqueda del conocimiento.  Una tarea metódica, obsesiva y paciente.
Como se imaginarán, este juego lleva mucho tiempo.  Muchos creén que las fichas son infinitas, que el conocimiento nunca se acaba.  Estos son los que abandonan, y critican a los que aún estamos en el juego. A otros, simplemente no les importa.

Escribo este post, para deciros que hay un premio.  Pocas personas en el mundo han llegado a finalizar el rompecabezas, entender cada una de las piezas en que está diseminado el saber y transformar el conocimiento en sabiduría.  Ellos “saben” la razón de la vida, qué es el amor, de que está compuesta el alma y que hay después de la muerte.  Ellos son capaces de describirnos a Dios.

Pero resulta que este conocimiento es imposible transmitirlo.  Esas personas hablan un idioma distinto, metafórico, con alegorías y paradojas.  Cada ficha que das vuelta te cambia un poco, y ellos han cambiado mucho.  Ya no son hombres.

Estos “sabios” no piensan en antagónicos.  Lo malo y lo bueno, el amor y el odio, o la vida y la muerte, son para ellos divisiones absurdas.  Ellos piensan globalmente, como si cada pequeña cosa, cada día de nuestra vida, formara parte de un todo.  Ellos son el todo. Transformaron su vida y se transformaron ellos mismos para mostrarnos el camino a seguir.
Las religiones se basan en el conocimiento que estos pocos “despiertos” delegaron al mundo.  Pero como he dicho, este conocimiento no se transmite.  Sólo tomamos algunos principios y los tergiversamos a nuestra conveniencia.  Distorsionamos su significado porque somos incapaces de comprenderlo.  Porque para hacerlo, tenemos que cambiar nuestro modo de pensar, de sentir, de amar.

Las personas que han llegado al conocimiento, son llamados “despiertos”, ídolos, héroes, sabios, genios o porqué no: “semi-dioses”.
Estos hombres me inspiran a seguir, a querer ver lo que ellos vieron.  A comprender el mundo y la vida, del mismo modo que ellos lo hicieron .  Y este sólo deseo, me está cambiando.

Tengo cientos de pensamientos en la cabeza.  Fichas que se encajan todo el tiempo y nuevas que me paso la noche tratando de entender.  Estoy comprendiendo cosas para las cuales ya no hay palabras; ideas que rondan en mi cabeza, incapaz de explicarlas, pero con la seguridad de que son ciertas.
De este modo puedo decir que en realidad el rompecabezas es nuestra propia vida.  No me pidan explicarlo.
También sé que este juego se torna cada vez más peligroso, cada vez más solitario.  Despierto por la noche con pensamientos enormes y complejos, epifanías que me mantienen en vela con una sonrisa de felicidad.  Por si no lo notaron ya, disfruto del conocimiento como una droga.

Di vuelta una ficha que no quería ver y me niego a ponerla en su lugar.
Entendí que mi propio conocimiento, del que tanto estoy orgulloso, ya no me sirve.  Acabo de entender que para seguir adelante, tengo que negar el conocimiento mismo.
Este es el caso de las paradojas que tampoco se pueden explicar.

¿Quiero una vida solitaria, donde mis pensamientos sean incompredidos por la mayoría?
¿Estoy dispuesto a perder todo lo que he sido y las cosas que he logrado en tantos años por seguir adelante?.  Mi conocimiento, mi orgullo y mi ego, es también mi lastre.  Si lo dejo, quizás algún día encuentre La Sabiduría, a precio de perder mi propia identidad.
En realidad, tengo que ser el niño tímido e inseguro que era (y sigo siendo). El conocimiento es solo una coraza, una muleta, un placebo; como los son también todas las cosas materiales. Tengo que encontrar el amor que estoy buscado de otros modos, más infantiles, más curiosos y espontáneos. Sorprendiéndome a cada paso, sin tomar nada en serio, jugando. Justamente, como niño.

Dicen que el saber, a veces se torna locura.  Creemos que son antagónicos, pero en realidad son la misma cosa.

Comienzo a entenderlo. ;)

J.-

1.23.2011

¿Y si Dios no existe?

Todos hemos nacido con la cuna dentro de alguna religión.  No importa el tiempo ni el lugar.  No importa si creemos en los dioses del Olimpo o en los Egipcios; si creemos en muchos dioses o en uno solo; si somos judíos, cristianos o islámicos.  La creencia en Dios es el concepto más universal del mundo.  Y este concepto, a lo largo de los siglos, ha transformado el comportamiento del mundo entero.  Pongamos por ejemplo algunas características de las llamadas “religiones universales”.

Dios es un ser superior, omnipresente, que todo lo ve y todo lo oye.   Yo, solamente un mortal, soy inferior a él.  Un ser superior, que me ve todo el tiempo para juzgarme genera en mí cierto grado de paranoia, como quien “actúa” para una cámara de seguridad.  Mis actos más privados “impuros y naturales”, me dan vergüenza.
Al mismo tiempo, envidio su omnipresencia ¿Quien no quisiera saberlo todo?.  Y por sobre todo, envidio su inmortalidad.  

Dios es el creador de todo por cuanto vemos y tocamos.  Okey.  Ya nos sentimos seres inferiores, pero también somos curiosos y competitivos.  Si hay algo que alguien hace, nosotros podemos hacerlo mejor.  La humanidad, utiliza a las mentes mas brillantes del mundo para que le enseñen como ser Dios, como poder verlo todo en todo momento, como tener el conocimiento del mundo y de las estrellas, como manipular las reglas del tiempo y el espacio, saber como está construido el genoma humano, como dar vida usando la clonación, etc.

Dios juzga nuestros actos, y a partir de ellos determina quien es bueno y quien es malo.  Aquí aparece el bien y el mal, un concepto tan grande y antiguo como el concepto de Dios.  Y determinarlo, no le corresponde a los hombres, sinó a un ser infinito, dueño de una justicia divina.
La idea del “bien y del mal” es el primer constructor de nuestra escala de valores, la definición de bueno y malo es lo que nos impulsa a tomar decisiones y de este modo modificar nuestra vida y nuestro mundo.  Que es bueno y que es malo, lo define un ser superior (indiferente de nuestros deseos), y es comunicado a nosotros, a través de sus representantes en la tierra.

Cielo o Infierno.  Osea, premio o castigo.  Como si fuéramos niños, pareciera que no tenemos otro modo de aprender.  Necesitamos ser educados a través del miedo.  Además, la idea de un premio a nuestras acciones, hace que éstas tengan implícitas cierto grado de egoísmo, de interés propio.  Por más altruistas que querramos parecer, siempre pensamos en nosotros mismos.

La encarnación del mal.  Todas las religiones tienen una especie de demonio que corporiza las mayores debilidades e iniquidades de la humanidad.  Sus deseos impuros, sus actos de violencia, la mentira, la falsedad y la traición.  El “diablo” sirve para un único propósito, definir por antagonía a Dios de el bueno.  Adoramos al bueno, somos los fieles.  Pero el “diablo” es mentiroso, y hace creer a muchos que es Dios, y muchos son engañados por las palabras de religiones falsas.  Aquellos son los equivocados, los infieles.
La encarnación del mal, existe para polarizar las sociedades:  somos nosotros (los bendecidos por Dios), contra ellos (quienes adoran al diablo).  Las mayores guerras de las historia se hicieron por esta razón.  Todos creemos que somos buenos, y el que piensa distinto a nosotros debe ser aniquilado.  Es palabra de Dios.

Pecado.  Todos hacemos cosas malas, todos pecamos.  Pecamos desde nuestras acciones, pero también pecamos desde nuestros deseos.  No importa lo que hagamos, ya hemos cometido pecado, incluso por el mismo acto de nacer.  El pecado es lo que ofende a Dios, y nosotros lo ponemos en vergüenza.  Me siento culpable, mal, ¿si no le gusto a Dios que es bueno, como le voy a gustar a los demás?.  Culpa.  Al igual que los chicos cuando sienten el remordimiento de haber hecho algo “malo”, estamos obligados a ser obedientes.  Ser bueno, es ser obediente.  Somos obedientes porque tenemos culpa.  La culpa es nuestro grillete, es el medio por la cual pueden doblegarnos y obligarnos a actuar de acuerdo a los intereses de otros.

Dios es nuestro “padre celestial”.  Porque en realidad, la idea de Dios es la de nuestro propio padre: a él le tememos, a él acudimos cuando estamos mal, a él lo buscamos cuando necesitamos un consejo, a él pedimos las cosas que necesitamos.  Siempre nos protege, nos cuida, quiere nuestro bien, y al igual que un padre, nos ama.

Terminado este ejercicio, podemos ver que las religiones universales están basadas en dogmas rígidos y medievales.  En pocas palabras:  Intoleracia (el otro no tiene derecho a pensar distinto),  violencia (castigos divinos e infernales), división de castas (Dios, los representantes de Dios en la tierra, y sus tristes ciervos), y culpa (todos somos pecadores, sufrimos porque lo merecemos).
Este dogma a lo largo de quince siglos, sirvió para otorgarle poder y derecho divino a algunos pocos; generó guerras que costaron la vida de millones; fomentó la comercialización de las santas reliquias y la venta de indulgencias; unió a los representantes de Dios, con el poder político, y a ambos, con el puño de hierro; trató a la mujer como un esclavo, y al esclavo, lo privó de alma; generó la persecución a los científicos, filósofos y cualquier otra persona que pensara distinto.  Este mismo dogma llegó hasta nuestros días: guerras mundiales, hambre, pestes, dos bombas nucleares, codicia, avaricia, guerras por el petróleo, etc.
El pensamiento es simple:  las religiones fueron escritas por hombres, para justificar su accionar.  Cumplir los madamientos y las escrituras, solo le sirve a los “representantes” de Dios (y sus amigos).  Dios existe, de eso estoy convencido.  Como así también se que lo estamos adorando del modo equivocado.  

Pero la intención de este texto es plantear un juego, supongamos por un momento que pasaría si este concepto de Dios desapareciera.
Imaginemos:

No hay ningún ser superior a nosotros.  Somos los seres más evolucionados del planeta, y por ende, la responsabilidad de nuestro presente y futuro depende solamente de nosotros.

No existe el premio y el castigo.  Dios no pone pruebas para evaluar la “fe” de sus seguidores. Todo lo que sucede es el fruto de nuestros actos, somos los responsables de las cosas buenas que nos suceden y también de las cosas malas.  Somos los constructores de nuestra propia suerte, y al darnos cuenta, comenzamos a vivir con conciencia de nuestros actos y de sus frutos.

No existe el mal.  No hay un “diablo” que nos castigue con el infierno.  Nuestros actos no avergüenzan a nadie, no existe el pecado.  Por ende, tampoco el sentimiento de culpa.  Y sin la culpa, no seremos los seres obedientes y temerosos que somos.  Sin el peso de la culpa, podemos desarrollar más libremente nuestra sexualidad, nuestra capacidad de dar amor y recibirlo.  

Nosotros somos Dios.  Somos la especie más evolucionada, responsables de todo lo bueno y lo malo que conocemos.  Somos los actores y guionistas de nuestra propia vida.  Tenemos el poder de crear y destruir.  El budismo lo entendió de este modo:  Dios (Brahman) es la suma de la voluntad de todos los hombres y criaturas que hay en el mundo.  Cada ser vivo, es una parte de Dios (Atman), por ende tenemos la responsabilidad de cuidar y amar nuestra propia existencia.

No hay padre celestial.  No hay quien nos cuide, no hay a quien acudamos por ayuda y consejo.  Solamente estamos nosotros, como hermanos sin padre.  Si necesitamos un consejo, se lo vamos a pedir a un amigo.  Si alguien necesita ayuda, nos la va a pedir a nosotros.  Si hay una persona triste y sola en este mundo, es nuestra responsabilidad.
Además, si queremos algo, ya no basta con ir a un templo y pedirlo, tendremos que tomar la iniciativa y conseguirlo por nosotros mismos.  Esto fomenta la construcción de una mejor autoestima, comenzamos a confiar en nuestras propias capacidades.

Para hablar con Dios, debemos hablar con nosotros mismos.  En nuestro interior, en nuestro espíritu, yace la respuesta a todas nuestras preguntas.  Solo debemos tener la serenidad y la paciencia para buscarlas.  Las respuestas fáciles no existen.  Si queremos paz y armonía, no necesitamos ir a ninguna iglesia, templo o mezquita.  Basta con que estemos en armonía con nosotros mismos, en silencio o en la meditación.

No hay representantes de Dios.  No hay castas eclesiásticas. Nadie nos obliga a memorizar una moral y a actuar en consecuencia.  La única moral que existe es la de nuestros propios actos: las acciones que tienen resultados “positivos”, van a ser “buenas” acciones.  Y biceversa.

No hay cielo.  No hay infierno.  No importa cuanto sufrimiento y hambre hayamos pasado.  No importa si hemos sido perversos o buenos samaritanos.  Todos nos vamos a morir, y no hay premio después de la muerte.  Y como no lo hay, tienes que conseguirlo en vida.  Tienes que ocuparte por “ser feliz”, nadie lo va a hacer por tí.  Tienes que dejar de lado las cosas que te hacen mal, y llenarte de acciones y personas que te hacen bien.  El único cielo posible, es el que construimos con nuestras acciones en vida: amor, amistad, fe, confianza, sabiduría y felicidad.

Si crees en Dios, adórado del modo que creas más conveniente.  Quita la culpa y el miedo de tu corazón, eso confunde tu pensamiento.  Acepta a todos por iguales, porque eso es aceptarse uno mismo.  No pidas a Dios lo que deseas, sólo levánte y empieza a buscarlo.  Dios sólo quiere que seas feliz.

J.-

1.15.2011

"La juventud de hoy está perdida".

Como hombre adulto que pasó la barrera de los 30 hace un par de años, terminé mis estudios y actualmente trabajo en una empresa, tengo derecho a juntarme en la cola del banco o en la verdulería, con gente incluso mayor que yo, y criticar a “la juventud”.  Usando la misma frase que tanto me jodía a los 20: “la juventud de hoy está perdida”.  Si señores, más que nunca.

Los jóvenes siempre se caracterizaron por un espíritu rebelde y curioso.  Históricamente, fueron los generadores de los mayores cambios políticos y sociales.  Las nuevas ideas siempre surgen de los jóvenes: porque tienen ganas, ímpetu, y la suficiente rebeldía como para evitar los caminos comunes y buscar otros caminos.  Ideas nuevas y frescas.
Cuando cambia la juventud, cambia el mundo.
Y cuando cambia el mundo, cambia la juventud.

Hoy estamos viviendo un momento histórico.  Los avances tecnológicos, la globalización de la información, la diversidad de las comunicaciones y un nuevo estilo de vida, han cambiado los paradigmas que durante décadas (o siglos) formaban parte de nuestro modo de desarrollarnos y ver el mundo.  Desde el Renacimiento que no se producía un cambio social tan importante.

Tomemos por ejemplo mi generación: la de los 30s.  Cuando nací no existían las computadoras, ni mucho menos había internet.  Mis juguetes, todos, cabían en un cajón de manzanas.  No existían los celulares.  No había mucha música, sólo la que escuchábamos en la radio (y algunos que grabamos en TDK).  Mi “discoteca” no superaba la decena de CDs (ya era grandecito cuando se popularizaron).
Sin hacer alarde de nostalgia, lo que quiero decir, es que nuestra generación no tuvo muchas posibilidades de elegir: los juguetes eran todos iguales, las bicis también (todas eran rojas), todos tuvimos yo-yos y todos jugamos a las figus y al elástico.  Porque no había otra cosa.  Todos veíamos los mismos programas, los mismos dibus a la tarde, nos cansábamos de ver el Chavo del 8.  No había muchas marcas de jeans, ni de remeras, y todos escuchábamos rock nacional (Charly, Soda o Fito).
Vayan a cualquier fiesta retro-nostálgica de los 80s, y vean... todo lo que hay allí lo hemos tenido todos, porque en realidad... no había tanto.

Esta es la gran diferencia generacional.  Los jóvenes de hoy, nacieron y se criaron en la internet.  Tienen toda la música que quieran escuchar, Ipods con gigasbites de todos los lugares del mundo.  Tienen acceso a todas las películas y series que puedan ver, en el momento que quieran verlas.  Hay cientos de modelos de ropas, de celulares, de cámaras de fotos, hasta los juguetes son cada vez mas raros y complejos.

Nosotros vimos Dragon Ball, durante cuatros años.  Recuerdo que la muerte de Friser duró toda una temporada.  Ellos, en cambio, bajaron la serie de internet, y vieron todos los capítulos en un mes.  Y vieron cientos de series más que ni si quiera sabíamos que existían.
Nosotros por la tarde veíamos el Chavo, porque no había otra cosa.  Ellos ven videos de YouTube, a los tres minutos,se aburren y los cambian, y miran otro, y otro.
Nosotros teníamos un par de jeans, que cuando se ponían viejos, los teñíamos con anilina Colibrí (o si se rompían en las rodillas le poníamos parches de cuero).  Ellos tienen shoppings llenos de tiendas de ropa, zapatillas, camperas y skates.
Nosotros jugábamos al ladrón y al policía.  Ellos jugaron al Counter Strike.
Nunca tuvimos cámara de fotos, salvo durante los viajes y cumpleaños.  El más grande de los rollos, era una AGFA de 36 fotos.  Ellos tuvieron FotoLog.

Lo que quiero decir: es que estoy cansado de que se titule a los jóvenes de la “generación perdida”, nacieron en un mundo que está cambiando todo el tiempo, cada vez mas vertiginoso, y ellos PUDIERON ADAPTARSE.

Señores, la generación que se está “perdiendo” es la nuestra.  
Todo lo que teníamos de chico no va a volver.  Está en el pasado.  Ya no vamos a volver a jugar a la pelota en las plazas.  Ya no vamos a ver chicos jugando en la vereda al pan queso, al elástico o a la rayuela.
No querramos entenderlos, ellos son libres y curiosos y tienen por descubrir un mundo cada vez mas grande.

Ni tampoco los juzguemos, ellos no son mejores ni peores.

Fuimos criados bajo dogmas morales y éticos muy fuertes.  Nuestros padres (la mayoría) fueron cristianos.  De chico hicimos catequesis y fuimos todos los domingos a misa.  Nos enseñaron que era “lo bueno” y “lo malo”.  Preceptos que nos hicieron cautos en la vida, pero también miedosos.
Las escuelas eran rígidas.  Aún conservaban el espíritu militar de los 70s (uniforme obligatorio y pelo corto).  Muchos tuvimos que pasar por el servicio militar y, a algunos de nosotros la guerra de Malvinas nos tocó de cerca.
Crecimos con una ética moral que nos fue impuesta.

La juventud de hoy (y quizás me equivoque al generalizar), ha vivido tiempos más laxos.  De mayores libertades.  Nadie les ha dicho que pensar o hacer.  Ni si quiera hay respeto a la autoridad.

¿La juventud de hoy está perdida?
No tienen nuestra misma ética y moral, nuestro patriotismo, nuestra preocupación por el estado y el gobierno. No la tienen, porque YA NO SIRVE.  
Al igual que nuestro He-Man o nuestros PiniPoys, esa moral tampoco va a volver.

Nosotros, ya estamos perdidos.
El mundo en que crecimos, ya no existe.

Que tienen ellos:  un mundo hermoso por descubrir, y tienen las ganas y la curiosidad por vivirlo.  Van a cometer errores, y empezar de nuevo como lo hicimos todos.  Van a viajar por el mundo, conocer otras culturas y lugares.  El ingles es el idioma universal.  Van a vivir muchos amores, no van a ser duraderos, pero van a ser intensos.  Van a ser lo quieran, cuando lo quieran.  Son libres de responsabilidades.  
Señores, ellos van a vivir lo que nosotros no vivimos.

Van a tener EXPERIENCIA:  La experiencia se hace eligiendo, probando, equivocándose.  La experiencia nos enseña que música es la que más no gusta, a saber como tratar a nuestros amigos.  La experiencia nos enseña los secretos del amor, y las relaciones humanas.  Vivir es llenarse de recuerdos y experiencias.

La experiencia es APRENDER:  Ellos van a descubrir por sí solos “lo bueno” y “lo malo”.  Ellos van a redefinir el amor como un sentimiento altruista.  Ellos tienen como único propósito en la vida: experimentar, conocer y disfrutar.

Señores, no seamos cerrados.  No vivamos en el pasado.  No nos aferremos a paradigmas obsoletos y deficientes.
Imitemóslos, tómemoslos de ejemplo.
Ellos nos están enseñando como tenemos que disfrutar este mundo cada vez mas grande.

J.-

11.20.2010

La lechera tropezó. ¿Y qué?


Escuché en una conferencia acerca del optimismo, que la actitud ante la vida de un sujeto, se manifiesta cuando sube una escalera.  Hay gente que se la "come" de a trancos y otros que la suben peldaño a peldaño.
Y hago extensible este ejemplo a quien camina por la calle.
¿Han estado en la Plaza San Martín, o en la peatonal 9 de Julio?  Deténganse un minuto, siéntensen y vean.

Los jóvenes tienen un modo particular de caminar.  Usan pasos mas libres, sortean obstáculos, sus pies se juntan y se separan.  ¿Vieron como mueven sus pies cuando hablan? ¿Vieron esa alegría ante la vida?
En cambio los mayores caminan “cautos”.  Mirando los pocos metros que hay delante de ellos, esquivando posos y charcos.  Dejando pasar delante de ellos las mujeres que llevan las compras.  Miran su reloj impacientes, pero con tristeza.
En cambio, los niños son fascinantes, caminan viendo el cielo, los árboles, los carteles de colores, las personas mayores.  Todo es nuevo, todo es bello para ver.
¿Es una actitud ante la vida o no?
Pero hay algo que más me llamó la atención: Es a dónde mira la gente cuando camina.

La metáfora es sencilla, el cuerpo habla de lo que la gente piensa y siente.  Si caminas mirándote los pies, estás ensimismado en ti.  Pensando talvez en los problemas económicos o amorosos.  Llevándote con cautela o con apuro.  No disfrutas la caminata, haces siempre el mismo camino, y si haces los mismo, siempre veras lo mismo.  Las mismas calles, letreros y plazas.
Muchos, la mayoría, caminan de este modo.
Otros en cambio miran el horizonte.  Son personas mas libres, orgullosos de sí.  Que confían en el amor, la amistad y el destino.  Caminan erguidos, porque llevan poco peso en sus hombros, o sencillamente, porque no les importa.
Pero hay otros, los pocos, que caminan mirando el cielo.  A veces escuchan música, otras tararean algunas canciones, y no falta el que las inventa.  Frenan en cada vidriera, no importa que sea de zapatos o una ferretería.  Todo le sorprende.  Caminan por las noches mirando los carteles o las estrellas.  Pregúntate, ocasional lector, ¿Hace cuanto que no has visto la luna? ¿Sabes si quiera en que fase está?

Me enseñaron de chico, que la lechera bajaba todos los días al pueblo, llevando su cuenco de leche sobre su cabeza.  Bajaba y subía todos los días, distrayéndose en el camino, ¡Dios sepa con qué! (o como decía mi padre, “papando moscas”).  Y un día, por culpa de su distracción, tropieza, el cuenco se cae, y la leche queda derramada entre un montó de añicos.
Una mujer que veía la situación, sentencia el cuento con la metáfora obligatoria: “Eso le pasa por distraída”.
¿Qué me enseñaron? Pues… a tener miedo.  Miedo a equivocarme, a perder lo que conseguí,…el fruto de mi trabajo.  A esforzarme a no equivocarme, por miedo.  Y el modo de no equivocarme es hacer siempre el mismo camino, de modo que lo conozca de memoria, hasta que cada pie pise la misma huella que dejó los días anteriores.

Pero nadie nos dijo que estaba viendo la lechera.

Admiro a la gente que ve la luna.  Que son los primeros en ver un arco iris.  Que por las noches buscan el Cinturón de Orión.  Ellos ven algo más bello e importante.  Caminan por la vida felices, llenos de fe.
En serio, vean sus rostros, ¡caminan felices!
A ellos no les importa cuantas veces derramen la leche.  No es tan grave.  Ya les ha pasado muchas veces.  Ante los añicos se ríen mascullando entre dientes “Que boludo que soy”.
Y siguen... Bajan todos los días al pueblo para tener una excusa para disfrutar el camino.

No te mires más los pies.  Levanta la cabeza un poco cada vez que camines.  Y descubrirás que las estrellas también brillan de día.

Todo lo que hacemos en la vida es una excusa para disfrutarla.  Recuérdalo.

J.-

9.22.2010

Matrioska


Los Gnósticos, creían en una cosmogonía muy particular.  Si bien en un principio puede parecerse bastante a la cristiana, los personajes bíblicos cobran roles contradictorios y hasta heréticos.  De esta religión me gustaría destacar la concepción que tienen de la construcción de la persona (cuerpo y alma) por ser muy descriptiva y alineada a la psicología moderna (la psiquis, según Freud, esta construida por la interconexión de tres identidades: el conciente, el subconsciente y el inconciente).

Tres identidades en tres planos distintos.

Para la Gnosis, el YO individual, está construido por tres diferentes tipos de “personas”.  Cada una de ellas, viven en distintos planos “dimensionales” y cada una de ellas pretende distintas cosas del “mundo” en el que le toca vivir.
Estas tres “personas”, están ancladas en un mismo punto espacial, como si se tratara de una muñeca rusa que vive una dentro de la otra.

La persona Física: Este es el cuerpo que vemos, el que usamos para vivir, comer, caminar, abrazar y hacer el amor.  Este cuerpo está sujeto al tiempo, y le es absolutamente necesario para moverse.  Como vive en un plano físico, sus necesidades también lo son:  esta persona, necesita el contacto, le gustan los abrazos y los besos, las tardes de sol, el olor al pasto recién cortado, la caricia del viento, los colores del arco iris, el frío de la lluvia, el canto de los pájaros y los asados en las noches de verano.
Para muchos, ésta es la única persona importante, la que puede verse y tocarse.
La persona física, no solo tiene placeres, también tiene miedos que le son propios de este plano: miedo al dolor físico, a la sangre, miedo a la vejez y a la soledad.

La persona Psíquica: Esta persona es un compendio de razonamientos, principios morales, gustos personales y recuerdos.  Existe dentro de la persona Física, de un modo inmaterial.  Es difícil explicarlo porque no tiene forma, imaginemos que la persona física en realidad la conforma la epidermis del cuerpo, entonces, la persona psíquica sería el cerebro.
Esta persona busca distintos placeres que la anterior, y tiene otros objetivos.
Le atrae el conocimiento, el arte, la música, y los goces intelectuales.  También la gustan los desafíos, lo juegos y en especial la amistad.
Sus miedos le corresponden por oposición a sus propios placeres: le tiene miedo a la ignorancia, a la indiferencia, a la insensibilidad el alma, al olvido y en especial a la muerte.

La Persona Espiritual: Es la última en orden, y la más importante.  Es la que está en el centro de todas y a la vez las engloba.  Su lugar se define claramente en el pecho, en el centro del cuerpo.
Para los Gnósticos, la estructura celestial (el Dios Supremo) era una jerarquía más o menos confusa (más bien metafórica) que contenía todas las cualidades celestes.  Entre ellas se destaca la Sabiduría (la palabra Gnosis quiere decir “conocimiento”).
Según esta creencia, la Persona Espiritual, es una chispa de la luz universal, que contiene las mismas características.  Es el eslabón que nos conecta con dios.
Es la mas difícil de percibir, ya que no existe físicamente, pero a veces se manifiesta a través de los pensamientos.  Sin embargo, podemos conjeturar su función e importancia.
Es una especie de campo magnético, similar al de los imanes.  La energía fluye de la cabeza al pecho, se abre en los pies, recorre por fuera el cuerpo, para entrar nuevamente por la coronilla.  Es grande o pequeña de acuerdo al estado energético de la persona.  Y en la mayoría de los casos es color ámbar.
Esta chispa divina está presente en todas las especies vivas, animales y plantas.  También en las rocas y las montañas.  El planeta, como orbe, tiene este mismo campo energético.
Su importancia yace en que es capaz de intercambiar energía con otras campos espirituales (sean personas o animales), tanto positiva como negativa.  Su función es clara: gracias a esta chispa tenemos la capacidad de amar y ser felices.
Pero la Persona Espiritual es inquieta y curiosa, le gusta el cambio.  Sufre y ama como niño.  Se aburre y corre, sin sentido aparente.  Siempre buscando nuevas experiencias.
La meditación (y especialmente el Yoga) nos permite conectarnos con esta parte de nuestro yo, entenderlo, serenarlo y escucharlo.
Dios nos habla a través de esta “conexión”.  Nos dice que hacer para ser felices.

Un ejemplo.  Imaginemos que vemos una nube en el cielo, en realidad la nube es vista por la Persona Física.  Esta imagen llega a la Persona Psíquica, que viendo su forma y su color, claramente la identifica como un conejo.  Comienza a buscar dentro de sus memoria, y recuerda un conejo blanco que le mostraba el camino a Alicia en el País de las Maravillas.  La Persona Espiritual estuvo presente durante todo este proceso, dejó pasar las formas, los colores y la memoria, y justo en el momento en que la mente se topó con la palabra “seguir”, produjo un sentimiento de paz y serenidad.  Así se manifiesta Dios.
Tomemos otro ejemplo más claro aún, es el caso de los sueños.
Cuando dormimos, la Persona Física esta anulada casi por completo.  La creación de mundos e imágenes está a cargo de la Persona Psíquica, mezclando imágenes y recuerdos de modo surrealista.  Recorremos ese mundo libre, como un actor que se sorprende en cada escena, y de repente, cuando nos enfrentamos a una situación o recordamos a alguien, la Persona Espiritual (que nunca duerme) brinda una sensación de paz, armonía, dolor o miedo.  Y con esa sensación nos despertamos.

¿Cómo conectarnos con la Persona Espiritual?  Usando las otras dos personas.  Tomando como herramienta la Persona Física, sometiéndola a experiencias nuevas, viajando, conociendo, bailando, abrazando, besando, y todas las cosas que podamos hacer con nuestro cuerpo, nuestros ojos, oídos y manos.  Pero siempre, con la Persona Psíquica alerta, preguntándonos todo el tiempo si lo que estamos haciendo nos agrada y nos hace felices.
A esto se llama “vivir concientemente”.

J.-